domingo, 15 de septiembre de 2013

Rompecorazones

Ahí estábamos las dos, como esa primera vez, como ese primer sentimiento. Ella sentada en el computador, pretendiendo que hacía algo interesante, y yo tirada en su cama, pretendiendo que pensaba mirando el techo, bueno, la verdad si pensaba y si miraba el techo, pero pensaba en ella, y lo que trataba de pretender era que no lo hacía, supongo que estaba resultando.
Pero no sólo pensaba en ella, pensaba en la persona que yo amaba, mi chica, mi novia, mi todo. Sin ella yo no podía vivir, ella me había abierto el corazón a amar a alguien por vez primera.
¿Y que era todo esto que estaba en mi cabeza ahora? Todo eso que pasaba sin meditación previa. Sólo pasaban. Koral, se llamaba la chica que estaba en mi corazón, la chica en la que no podía parar de pensar, mi chica, la mujer de mi vida.
Colombina aquella que me hacía sudar involuntariamente,  la que aún sentada en esa silla de computador reclinable, me tenía encendida por completo.

Escuché como la silla rechinaba, traté de no dirigir la vista hacia ella pero fue imposible, estaba de pié y se dirigía hacia mi. Se sentó a mi lado.
-¿Qué pasa? ¿Qué piensas? – Su voz me pareció tan cercana, tan íntima, me estremecí por dentro.
-Nada, no lo se. – Realmente no lo sabía, solo había una nebulosa de pensamientos y sentimientos enredados en mi cabeza.
-Hazme un lado, me quiero acostar yo también. – Sin responderle me corrí hacia el rincón, y ella relajadamente y vacilando un poco, se recostó a mi lado, me volteé y quede acostada de lado, mirándola. Dos segundos después ella hizo lo mismo.

Pasamos fácilmente veinte minutos mirándonos fijamente a los ojos. Yo sentía su respiración sobre mi boca y mi nariz. Respiraba el mismo aire que ella respiraba.
-Lo siento. – Salió de mi boca casi sin haberlo pensado antes. Traté de mantenerme seria, ella hizo lo mismo.
-¿Por qué? – Curvó una ceja.
-Por todo lo que te hice, por todo el daño que te causé. No fue mi intención.
Sonrió, pestañeó una vez,  más lento de lo común. Se acercó unos centímetros a mi, instantáneamente cerré mis ojos.
Sentí la fría piel de sus labios tocando los míos, podía escuchar su corazón acelerándose, podía casi escuchar sus pensamientos. El beso se aceleró, abrió un poco su boca y yo hice lo mismo. Su mano pasó por sobre mi y m sujetó de la cintura, su otra mano agarró mi mano derecha. Su lengua pidió permiso para entrar, y en respuesta positiva abrí más mi boca, la introdujo con miedo, pero le hice entender que no tenía porque tener miedo.
Mi cabeza me ordenaba que me detuviera, que no podía estar haciendo esto, yo le había roto el corazón, yo la usé. Y ahora me estaba revolcando con ella en su cama, esto no tenía sentido, era moralmente incorrecto. Jamás pensé que esto iba a pasarme a mi.
Cuando reaccioné ya estaba sobre mi, besándome apasionadamente el cuello y con una de sus manos en mi ropa interior. Traté de detenerme.
-Colombina… - Susurré. – No puedo… - Me silenció con un beso.
-Si puedes. – Dijo con la respiración acelerada. – No importa nada, yo estoy aquí para ti, para que me rompas el corazón cuantas veces quieras. – Volvió a besarme, esta vez con ansias, con euforia, sentí como sus ágiles dedos desataban el botón de mi pantalón.

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